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  • Presentación personal (Por José Tola)

     

    Habito solitario dentro de los extramuros de mi mente. Mi taller. Mi obra y yo (Tola) somos lo mismo. Trataré de responder por ambos. Por ellas y por mí, ya que desde mucho tiempo nos amamos. He de decir que no es la culpa social. O. La política ajena o la humana la que recae sobre mi ser. Menos aun la época en que vivo o su geografía discóbola. Soy yo el que se juzga y se acusa a sí mismo. Las acusaciones que se ciernen sobre mi provienen de mi propio ser. Reconozco mi propia culpabilidad de ser Artista. Mi culpa radica en que mi amor no va dirigida al Hombre sino a mi Arte. Quien vive para su Arte no vive humanamente, atenta contra la naturaleza y la humanidad. La contradicción en el arte siempre es un acto de autodestrucción y renovación. Se renuncia a deseos propios y a toda exigencia ajena. Se reprimen sentimientos personales. Ante la capacidad de crear se elige entre dos actitudes: la felicidad humana o la vida creadora. El artista no es bueno moralmente sino trágico. Buenos son los que triunfan sobre el Mal y retienen el sufrimiento. El artista triunfa sobre el sufrimiento y retiene el Mal. O. Quien se evade del sufrimiento termina en el Mal y quien escapa de él termina en el Dolor. Quien esta poseído por la obra (su obra) a menudo tortura a los demás con su ambición, su despotismo, sus cóleras y sus odios. Cuando mas es su fuerza creadora mas desmesuradas son sus ambiciones. No tiene lugar aquí embellecer o negar los actos. Hay que evaluar la acción. El Bien y el Mal tienen otro significado en otras personas. En el artista pierden su calidad de valores. Su existencia dramática no está ni en la expresión ni en la forma, sino en la profundidad de su concepción creadora. Toda creación oscila entre la culpa y la expiación y el punto medio solo lo conoce el creador. La ley y el orden nunca han engendrado a grandes hombres. Solo la libertad personal, aquella que posee el artista, es la única que ha creado genios y monstruos. Hay una seriedad diabólica detrás de cada hombre que tiene respeto ante su propia obra. Sus errores, sus rupturas sobre los convencionalismos… ese continuo experimentar, destruir y crear solo lo llevan a convencerlo de que para él ya no existe una vida normal. Solo un lugar donde empieza a ser una criatura extraña y solitaria.

     

    José Tola

     

  • Yo hablo con mis manos, tú escuchas con los ojos (Por José Tola)

    Realmente creo que hay pocas personas, entre los espectadores o la gente común y corriente, que puedan saber qué hay detrás de una obra artística, digamos una pintura o una escultura. Yo lo sé, sin duda, porque es mi oficio, mi trabajo de artista.

    Partir de la nada y empezar a crear es parte de un proceso (en mi caso, de más de 45 años) de maduración,  experiencia y  práctica. Un diario cuestionarse, indagar, dudar, e incluso hasta dar por ciertos algunos errores, para luego corregirlos y aprender de ellos.  Detrás de una obra, digo, hay todo un planteamiento de composición, un balance de volúmenes, de espacios, una interrelación entre lo expresado y su contorno. Un intrincado manejo de líneas donde uno mueve un milímetro o dos gracias a una sensibilidad intuitiva inexplicable. Hay líneas que  se atraen o se rechazan con los lados del cuadro. Espacios que refuerzan o aminoran el peso de determinadas zonas… Veo allí una síntesis del inicio. Establecer lo que se quiere representar,  ya sea que esté oculto o  a simple vista…e ir estableciendo el color, sus gamas, sus tonos y contrastes que en adelante acentuarán la expresividad...

     

    Bueno, hay mucho más en juego, pero… ¿les importará estos preliminares (esta labor secreta) a los espectadores que solo ven  la obra concluida?

    Es cierto que se puede pensar que en todo este proceso creativo se puede quitar esto o agregar aquello solo como una elección fortuita. No es así, ni tampoco lo vean así de fácil. Uno puede entrar en trances, tardando horas de horas que a veces nos parecen un minuto y otras una eternidad. Aquí el tiempo no tiene función alguna. De lo que se trata es de lograr y hacer una obra que solo responda a nuestra  honestidad personal.

    De lo contrario, la obra pasaría desapercibida para cualquier persona… ¿Entonces crear importaría o bastaría solo con pintar y esculpir?

    Al igual pasa con el  color, que responde únicamente al esfuerzo por lograr ese ideal por el cual se perfecciona uno en querer realizarlo. He ahí, en esa belleza, donde está la magia del artista. Ese “estado de gracia” por el cual logra vivir para crear. Más que un enfrentamiento ante el cuadro, es un enfrentamiento con uno mismo. Una obra artística puede tener mil interpretaciones distintas para quienes la miren, pero una sola para su creador. ¿Interesará esto que les estoy diciendo?... No lo sé.

     

    Desde mi última exposición en la Galería Lucía de La Puente, el tiempo ha transcurrido para mí en un constante vaivén, un navegar en busca de un puerto desconocido en el que me empeñaba en desembarcar. Ya desembarqué; el más sorprendido soy yo.

    El juicio, la opinión que ahora suscite mi obra, será algo ajeno…

    Entonces, ya no sé si esto le importará a alguien.

     

     

    José Tola

  • José Tola o el arte de perturbar (Por Fernando Ampuero)

     

    Para aproximarnos a lo que significa la obra de José Miguel Tola es indispensable responder algunas preguntas espinosas: ¿Qué es un artista? ¿Que representa en la sociedad y para qué nos sirve? La palabra arte ha sido muy manoseada, se la utiliza para ensalzar todo orden de actividades; algunas, con cierta justicia, merecen dicho homenaje, pero otras, que son la mayoría, resultan por lo común hipérboles periodísticas, excesos banales y tontos. Sin embargo, el arte, y el verdadero artista, se distinguen. Si tiene talento, si tiene suerte, si tiene patrocinios, no corre el peligro de extraviarse entre la multitud de artistas y seudo artistas que lo rodean. Talento, suerte y patrocinios son requisitos cardinales. Pero lo básico, lo esencial, es el talento, desde luego.

     

    El verdadero artista, no necesita cartas de presentación, se presenta solo. Su arte trasluce fuerza, sugestión y elocuencia. El espectador entrenado ve su obra y se convence desde la primera mirada; el gran público, por el contrario, se toma su tiempo y hay un momento en que ese gran público dice:"Aquí no hay trampa. Estamos ante un artista de verdad". Es decir, en esa convergencia, ambos vislumbran rigor, originalidad, misterio, ánimo de indagación; intuyen poesía viva y perciben un torbellino de sensaciones: descubren un universo con leyes propias que nos ofrece claridad de concepción y técnica adecuada.

     

    José Tola es un artista: un gran creador plástico de nuestro tiempo. ¿Pero en qué consiste ser un creador? Un artista, un gran creador, es alguien que nos enseña a ver, alguien que se halla en convivencia íntima con una idea de la belleza, aun cuando ésta nos resulte terrible, dolorosa, desgarradora. Es un ser que hurga y explora en sí mismo, que interroga al otro, que descubre ritmos secretos en las formas del mundo, que huye del lugar común, que se renueva a sí mismo en sus obsesiones, que rescata flujos dramáticos y tensiones, que desata tempestades de significados.

     

    Los artistas nunca se acomodan a nosotros. Somos nosotros los que nos acomodamos a ellos; los artistas son seres extraños y familiares a un tiempo. Son seres complejos, aún cuando muestren una obra extremadamente sencilla y hasta sospechosa de una cierta ingenuidad. Son personas que están lejos y están cerca. O bien: son personas que, pese a estar lejos, nos acercan al mundo.

     

    Los artistas, o por lo menos aquellos que a mí me interesan, los que profesan un arte visceral, devoran el mundo a dentelladas para digerirlo a conciencia y entregarnos una percepción que determina no solo la certeza o la rica ambigüedad de un punto de vista, sino sobre todo un escenario moral, el móvil secreto de sus esfuerzos. En el camino hacia su madurez estética, sin duda, hay muchos muertos y heridos (negación y polémica), pero ese ruido los enaltece.

     

    Los artistas son ladrones. Se apropian de todo y lo hacen suyo, y, aunque las más de las veces dejan huellas, nadie los acusa. A Picasso, en cuestión de huellas, se le nota el arte africano, que inspiró Le mademoiselles d´Avignon.

    Se le nota Toulouse Lautrec, que lo habita en sus primeros años parisinos, se le nota Matisse (su gran rival), a quien saqueó toda una fiesta de colores, se le nota Cézanne, y se le notan, por supuesto, todos los pintores del pasado y del futuro.

     

    Hace poco vi una película, en la que se hablaba de Pablo Picasso. El protagonista, que se dedicaba a la compraventa de falsificaciones artísticas, decía: "Picasso es el mejor ladrón del siglo. Robó a todos los pintores que lo antecedieron e incluso a sus contemporáneos, y nunca fue descubierto. Y además vivió feliz, lleno de dinero, gloria y reconocimiento".

     

    La película se titula El buen ladrón. Y propone la tesis de que un gran artista, a la larga, es un buen ladrón, aquel que hace suyo lo mejor de los demás, la tradición artística y el temperamento que flota en el aire, alguien que define su autonomía y su originalidad a partir de un proceso de decantación.

     

    Los malos artistas son aquellos que no tienen influencias, los que no se parecen a nada. El gran arte se parece a todo y, a pesar de ello, se parece fundamentalmente a sí mismo.

     

    Yo pienso que Tola es un pintor que se asemeja al mundo, y a quien todos saben y sienten único porque es un gran artista. Su obra reciente, que conjuga sabiamente la figuración, los colores intensos, las formas abstractas y el graffiti, se la clasifica como expresionista. (Para los críticos e historiadores de arte este estilo plástico se define por su distorsión de la realidad: el expresionista de primera generación retuerce las formas y enfatiza o atenúa los colores; los de segunda generación privilegian el trazo gestual. Y lo que ambos pretenden con ello es potenciar una emoción o un impulso).

     

    Tola, como mucho saben, comenzó siendo un pintor de trazo académico, cuyo notable virtuosismo técnico deslumbró ya con los grabados de su pre-historia y, sobre todo, con sus primeros óleos. Recuerdo, en particular, aquellos personajes alucinantes que nos dejaba entrever tras una neblina de difuminados. Recuerdo, también, su extraordinaria serie de desnudos, óleos diluidos sobre papel, poblada de seres de pesadilla: imágenes infernales y reflejos incandescentes de su propia neurosis. Llamaba la atención el impecable pincel y la perfecta composición. Los colores uniformes de esas obras, ocres y amarillos, reforzaban lo esencial: el dibujo.

     

    La aceptación de su trabajo y su inmediata acogida en términos de mercado (sus cuadros se vendían muy bien) hizo pensar a muchos que Tola nos entregaría más de lo mismo. Pero no fue así. Un buen día Tola dijo basta y pasó a otra cosa. Rompió con todo lo que había hecho. Quería empezar de nuevo: reinventarse.

     

    Esta radical ruptura desconcertó al público, a los espectadores entrenados y, ni qué decir, a los galeristas, quienes se pusieron a temblar. Los compradores les reclamaban con avidez más de estos personajes delirantes, más óleos diluidos sobre papel. Y Tola les decía no. Ya no quería saber nada de eso.

     

    Yo recuerdo la noche del vernissage en la que Tola presentó al público su nueva obra. No eran cuadros. Eran solo formas que prescindían del soporte convencional, la ventana de la imaginación, como si este se hubiera roto y el artista utilizara su espacio virtual para empezar de nuevo desde cero. Más que cuadros, eran formas que desbordaban el clásico cuadrado o rectángulo: amebas gigantes que escapaban de los marcos (todavía quedaban por ahí escuadras y restos de marcos). Todas las amebas estaban pintadas de colores primarios, como juguetes para armar. Eran, de algún modo, enormes piezas de rompecabezas. Tola, al parecer, entraba a una suerte de abstracción purista o en lo que más tarde se llamaría minimalismo. Y la gente, en esa noche, se miraba entre sí, atónita.

     

    Hasta que por ahí alguien del público susurró: "¿Qué es esto? ¿Un suicidio?". Y otra persona le replicó: "Tal vez lo sea, desde el punto de vista comercial. Pero desde el punto de vista artístico, se trata de un alarde de honestidad, de búsqueda y de coraje". Esa última persona -nada menos que el lúcido ensayista Carlos Rodríguez Saavedra- estaba en lo cierto. Tola asumía su nuevo proceso creativo, valientemente, honestamente, sólo tomando en cuenta, como debe ser, su imperiosa necesidad de expresión.

     

    En las siguientes muestras esas amebas gigantes irían sufriendo una paulatina invasión de signos, manchas y colores. Luego, sus signos se convirtieron en formas más o menos reconocibles: flechas, cruces, dientes, ojos, manos, sexos masculinos y femeninos. Y este flamante vocabulario, al parecer, llegaría para quedarse. Es el vocabulario, que prevalece desde entonces en sus pinturas y en sus ensamblajes, y cuyas infinitas variaciones vemos hoy también en esta novísima fusión de obra y vida personal: ensamblajes, vitrales, cuadernos ilustrados, retratos, y en todo su trabajo en general.

     

    El nuevo Tola que conocemos está muy lejos de la bruma sosegada de Tilsa Tsuchiya, su gran amiga de los viejos tiempos, o de aquellos monstruos transidos de rabia e ironía que evocaban al mexicano José Luis Cuevas, y hoy explora más bien los límites de Lárt Brut, el arte bruto, en la rica estela que dejaban Jean Dubuffet, Basquiat y todos los niños salvajes y locos del mundo que se deciden a rayar y pintar una superficie.

     

    La gran diferencia, a mi entender, es que Tola, artista hiperactivo, siempre se halla varios pasos más adelante. Siempre está corriendo riesgos, siempre lo vemos avanzando en pos de nuevas texturas, de nuevas luces, de nuevos lindes, de nuevos materiales.

     

    Tola no hace un arte hedonista ni busca la complacencia fácil. Nadie puede decir (personalmente, no recomiendo a nadie que se lo diga al pintor), que lo que él hace es algo bonito. La obra de Tola no es bonita. Puede ser intensa, revulsiva, angustiosa, conmovedora. Y ello se debe a que él sólo percibe la belleza en su esencia dramática. Hasta en sus momentos más luminosos y coloridos, estamos frente a un arte perturbadoramente bello.

     

    Tola, finalmente, es un artista ligado a los acontecimientos de su propia vida, a su manera de enfrentar el mundo, ya que el hecho artístico en su caso es un correlato de sus vicisitudes y de su intensa carga vital. Tola asumió una vida viajera durante su juventud (vivió y deambuló por París, Madrid, Barcelona, Grecia, India), lo que se tradujo en una riqueza de experiencias, extravíos y trabajos de todo tipo -por ejemplo, lavaba cadáveres en una morgue de Londres-. (Yo siempre me lo he imaginado ante una mesa de piedra, de pie, en mangas de camisa, con un balde donde remojaba esponjas, frotando brazos, torsos, piernas, lavando cuerpos inertes, desnudos y amarillentos. Una imagen en claroscuro como en La lección de Anatomía).

     

    Pero después, como se sabe, vino la prisión; una condena simbólica, autoimpuesta. Es decir, tras aquella vida tan agitada, Tola se encerró a pintar y a meditar incansablemente. Y ya lleva treinta años prisionero en su taller. Treinta años pintando y oyendo todos los días las mismas canciones de un solo cantante: Bob Dylan, músico, poeta, gurú para los muchachos de los años sesenta. Su vida actual, pues, se resume en dos palabras: trabajo disciplinado. Y por defender su tiempo, por acatar con rigor ese trabajo disciplinado, se tornó hosco, quisquilloso, complejo, una persona temperamental.

     

    Termino mencionando su leyenda de artista maldito. ¿Tola es, en verdad, un artista maldito? Mucha gente dice que sí, y debe tener motivos para decirlo. Yo no lo niego, aunque quiero aclarar que fue hace mucho que conocí al artista maldito, incluso en su más tétrica versión diabólica, lo conocí bien por varios años; no obstante, también llevo conociendo por mucho años a otro individuo: una persona buena, agradable, infinitamente amable y comprensiva y, en definitiva, un ser humano con un gran sentido de la amistad.

     

    Tola, en realidad, es muchas personas, como suelen serlo todos los artistas. A los largo de los años, alguna gente, visiblemente inquieta, se me ha acercado a preguntarme: "¿Pero tú eres amigo de Tola?", "Sí, claro, soy su amigo", he respondido sin ánimo de conjurar el miedo casi cerval que entraña el tono de dicha pregunta.

     

    ¿Esa gente exagera? No. ¿Y hace bien en temerle? Creo que sí. A los artistas de su linaje hay que tenerles miedo porque son seres que nunca mienten y porque son locos y porque son impacientes y porque poseen una extraña y peligrosa pureza que nos puede matar.

     

    Pero Tola, no se equivoquen, es sobre todo fuerza vital. Y la vida, este vértigo que gozamos y sufrimos, nos concede la empatía del arte: la posibilidad del encuentro, la contemplación y la fiesta, la más inteligente y sensible conexión entre el signo y la mirada.

     

    Fernando Ampuero.

    Lima, 2007

  • El arte de descender a los infiernos (Por Antonio Cisneros)

    Cuando en 1986 José Miguel Tola recibió el espaldarazo internacional que significa (o significaba) el primer premio de pintura en la II Bienal de La Habana, ya era un artista hecho y derecho, reconocido entre nosotros y allende las fronteras. Siempre polémico.

     

    Tengo un grabado suyo que representa un mayordomo que asoma con los ojos fríos y, a la vez, asombrados tras una puerta. Está fechado en 1969. Hace unos cuantos días estuve en el estudio del pintor y pude ver la producción de los últimos meses. Son cuadros de gran formato, algunos de ellos, pentagramas y teclados de por medio, están dedicados a músicos como Shoenberg o Alban Berg. Los colores han recuperado un si-es-no-es de la alegría de sus primeros trabajos y son, hasta cierto punto, de temple figurativo, sólo que ahora los objetos están desintegrados. Son el símbolo, no la representación.

     

    Tola, parco, más que parco, sigue desplegando ante mis ojos las grandes pinturas y, de pronto, helo allí, sin dudas ni murmuraciones, me topo de nuevo con el mayordomo de 1969. Aunque esta vez sólo le resta el chaleco ocre a rayas flotando entre la tela. Tengo la sensación (no sé si él) que, en el mundo del eterno retorno, un ciclo se ha cerrado y, al mismo tiempo, ha vuelto a comenzar.

     

    En su estudio, repleto, en respetable desorden, de pinceles, caballetes, telas, cuadros, libros y unos pocos muebles, la luz está dada, sobre todo, por los ojos de Tola, una mirada intensa, mansa y maldita a la vez; algo hay en ella del adulto que ya sabe todas las respuestas y de ese niño que pregunta sin cesar. Quien lo ve así, austero, aposentado en su taller, bien podría pensar que aquel refugio ha sido, desde siempre, su universo completo. Sin embargo, Tola fue, y de algún modo sigue siéndolo, un infatigable viajero. Del cuerpo y del alma. Creo que tomé el significado de libertad de la forma más abrupta y radical. Emprendía abiertamente todas las experiencias ante las cuales mi alma sentía curiosidad. Viajé desaforadamente por América del Sur, del Norte, Europa, Africa y casi todo el Oriente. Caminaba y caminaba, viajaba como podía. Compartí costumbres, ritos. Anduve con toda clase de gente sin hacer distinción alguna. No descarté ninguna forma de descender a los infiernos o conocer los mundos encantados (naturales o químicos) para visitar cada cielo humano. Te cansarías de escucharme narrar cada historia. Dejémoslas como un cuento mudo.

     

    Un cuento mudo, como su propia vida. Sospecho que la insólita cantidad de palabras que he logrado arrancarle en esta conversación es un privilegio extraordinario. Tola está hecho de ojos y silencio. Lo que no ha impedido la mar de habladurías. Mucha gente, sin dejar de admirarlo (o tal vez por eso mismo), suele tenerlo por un artista maldito. Hay quienes juran que en las noches sale con una daga al cinto. Su existencia, huraña y marginal, se ha convertido en un mito para la complacencia de los ciudadanos bien comportados.

     

    En verdad aborrezco los títulos honoríficos y las distinciones gratuitas. El hecho absurdo de que te señalen con el dedo atribuyéndote una fama de maldito es, en cierta forma, una manera indolente de incomprensión ante una actitud de vida que descarta el parasitismo existencial y la sumisión ante un sistema social rutinario y anodino. Es verdad, he vivido buscando todo aquello que embriagase mi alma hasta colmarla y ello implicó embarcarme en todas direcciones en las cuales uno experimenta desde lo absurdo e increíble hasta lo trágico y maravilloso.

     

    La realidad, más allá del cotorreo es que la extraordinaria obra del pintor significa, desde hace casi tres décadas, una transgresión permanente. Su manifiesta vocación antiacadémica nunca ha concedido ni cedido. Estudié durante seis años en Bellas Artes de San Fernando (Madrid), donde terminé con el título de profesor, que aparte de mencionarlo, nunca le encontré utilidad alguna.

     

    Pocos artistas, en nuestro medio, han arriesgado tanto como José Miguel Tola. Su vasta producción nos habla de un trabajador infatigable pero también, y sobre todo, de alguien que jamás se ha dormido en los laureles de su propia retórica. Los muchos períodos por los que ha pasado su pintura dan fe. Tiempos calmos y tiempos de monstruos se han sucedido a lo largo de estos años. Los diferentes períodos por los que atraviesa un artista responden a estados mentales con los que se compromete. De hecho, ha habido épocas en las que esos compromisos espantaban, con frecuencia, a la clientela.

     

    Un cuadro tiene una característica que otras manifestaciones artísticas no poseen: se puede convertir en un objeto de codicia, en un vivo interés de posesión. Esto es lo que se explota y comercializa. Gran parte de lo que se pinta hoy en día está destinado a decorar las paredes y la pintura se arrastra complaciente a satisfacer los gustos del espectador o potencial comprador. La pintura se ha vuelto utilitaria, ingeniosa, se ha unido a la moda como un producto de consumo más. Algo que armonice con la decoración, que represente el estatus estético-cultural del propietario. La mecánica de la venta, el artista y su valor comercial se manejan con el mismo criterio de marketing con que se lanza al mercado un embutido.

     

    No hay ninguna rabia en sus palabras. El pintor tiene, más bien, algo de ternura en su lucidez. Su voz es baja y monocorde. La luz oblicua que entra en el estudio me hace reparar en unas grandes telas color azul de Prusia. Casi negras. En realidad son (o fueron) una serie de cuadros pintados en el semestre anterior que han sido borrados del mapa. Tola decidió que no le interesaban y los cubrió con ese azul que, simplemente, es una base para pintar encima. Su última exposición la llevó a cabo en noviembre de 1995. Tola no tiene prisa. Siempre puede volver a comenzar.

     

    Antonio Cisneros

    Lima, 1997.

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